Desde su casa, en Villa Atamisqui, dialogamos con el luthier, músico y docenteElpidio Herrera, creador de la Sachaguitarra.

El origen de la Sachaguitarra

“Una mujer, orgullosa por tener representantes atamisqueños en la música, se arrima a mi madre y le entrega un porongo, la calabaza del mate, pero en grande y con una sugerencia: ‘Esto es para Elpidio, como él es muy travieso, seguro será capaz de armar una guitarra’, y sin querer, esta señora le estaba dando la caja de resonancia a la futura Sacha-Guitarra”, relata, emocionado, Elpidio Herrera.

Don Sixto Palavecino recomendó que la nueva guitarra no se llame Caspi-guitarra (Caspi=madera, palo en voz quichua) sino Sacha-guitarra (Sacha=monte) para homenajear a toda la gente del monte. “La perfección del instrumento llegó a través de una serie de inquietudes, pero reconociendo que me facilitó su construcción, los logros y los conocimientos en formación técnica y haber hecho docencia en mi pueblo”, dice Herrera.

Es aquí cuando todo el aprendizaje de sus años de niño se cristaliza: colaborador en el taller de orfebrería de su padre, aprendió que todo esfuerzo tiene sus frutos: “Usé las matemáticas para la división de los trastes de la guitarra y no sólo eso, sino calculé el largo del mástil donde va calado el diapasón, más las distancias del primer puente hasta el segundo donde se sostendrán las cuerdas. Hay que entender que yo consigo el fruto, pero dependo del tamaño de su naturaleza. Luego llego hasta cerca del puente donde la tensión es mayor, las vibraciones más cortas más el aire cerrado en la caja. Al terminarla, mi idea no era rasguearla sino buscar otra forma de ejecución y entonces llego al arco. Primero saqué sonido golpeando con una cuchara, raspando con las cerdas de un pincel, pero parecía un gato pisao, hasta que lo logro con un arquito largo como una birome, con doble cerda, llevándola al interior de la caja”, describe.

Cuando se le pregunta sobre su niñez, Elpidio parece un niño mientras habla de esos años. Su primer instrumento fue una armónica que le regaló su madre a los seis años y que tres años después aprendió sus primeras notas en la guitarra. El horizonte de su terruño tiene la mística de la nostalgia porque allí tenía su rancho el padre, aquel hombre que cuando no guitarreaba trabajaba en su taller de orfebrería y platería. Allí estaba el niño Elpidio ayudando con herramientas o simplemente mirando las raíces de un oficio, desconociendo de payanas y bolitas y adoptando conocimientos que iban a marcar el destino de su vida. Cuenta: “Me crié en un ambiente de musiqueros, rodeado de mi padre guitarrero. Uno de mis tíos tocaba el violín y otro el mandolín. Ésta era la única forma de escuchar música ya que en esos años escaseaban las radios folklóricas. Además, pocos tenían vitrolas”, dice Elpidio.